lunes, 17 de octubre de 2016

Carta de suicidio


Siempre he pensado que el suicidio es la salida de los cobardes, cobardes incapaces de afrontar sus miedos, inseguridades o problemas y que optan por largarse por la vía rápida, no obstante me veo en la tesitura de acallar mis prematuras afirmaciones y argumentar en esta carta las razones que me han llevado a ponerle fin a mi existencia.
Todo comenzó un día de verano. Mis amigos y yo decidimos coger las bicicletas e ir a pegarnos un baño en un río próximo. Tras una ruta de una media hora, pues era un día de poniente y no era cuestión forzar una insolación, nos apeamos a una parte del río que nos brindaba cierto espacio para esparcir las toallas, no era muy plano, pero para lo que buscábamos servía. Además, ofrecía una especie de desnivel en la parte superior, de tal manera que producía un efecto de cascada que daba un aire más agradable al sitio, acentuado por el relajante sonido producido por el agua que caía.

El agua del río estaba congelada, muy para nuestro regocijo, pues era  algo que buscábamos, lejos del sofocante calor del levante, que nos tenía casi todos los días enclaustrados en casa por la mañana y nos impedía disfrutar del sol y la mañana. A mi particularmente me venía bien, pues casi todo mi verano había consistido en interminables horas delante de la pantalla, perdiéndome en páginas insulsas de internet o rejugando una y otra vez los juegos que me había pasado tantas veces.
No nos fijamos de la apabullante velocidad con la que pasaban las horas, y poco quedaba para que volviéramos a casa, pese a que los días eran largos por el verano, no era cuestión de apostar nuestras vidas en el camino de vuelta, pues debíamos pasar un trecho de bosque y ninguno tenía nada para alumbrar el camino, mientras recogíamos las toallas y terminábamos de secarnos, una idea rondó por mi cabeza... Desde luego, aquella cascada a lo lejos no era nada del otro mundo, no obstante a mi me tenía absorto, algo había en ella que me instaba a acercarme y examinarla más a fondo...

 Ojalá hubiera desechado ese pensamiento, pues aquella apresurada decisión se convertiría en el imán que atraería la tragedia a mi vida. Como decía, impulsivamente y sin avisar a mis amigos, me lancé al agua, ellos me gritaban que volviera, que estaba loco, que se hacía tarde, pero nada doblegaba mi ánimo, yo nadé y nadé, hasta dirigirme hacia aquel salto de agua. Mientras recorría aquellos metros, la corriente se hacía cada vez más fuerte, tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para llegar a mi destino. Llegué, vaya que si llegué, pero lo que pasó después se escapó a mi lógica. Con una increíble fuerza, algo me empujó hacia el fondo, de manera fútil y desesperada intenté volver a la superficie, pero todo fue inútil... una bruma y una negrura absoluta se apoderó de mi...

Pero el corazón siguió bombeando, el frenesí rítmico que amenazaba con ser el pistoletazo final de mi vida cesó para dejar paso a una percusión débil, pausada, pero constante, acompañada por unos pitidos que emanaban del monitor cardiaco. La muerte no se me había llevado. Desperté en una sala de hospital, completamente tendido en la cama.  A mi lado estaba mi madre, leyendo una especie de revista, pero con un halo de tristeza que yo notaba como propia. Llamé su atención y la tristeza se tornó en alivio y el alivio en lágrimas, a día de hoy estoy seguro de que de nuestros ojos brotaron las lágrimas a la vez, jamás había pensado que la armonía podía conjugarse de manera tan perfecta, el vínculo entre madre e hijo se materializó en un líquido elemento que emanaba de las comisuras de nuestros globos oculares y que desembocó en un caluroso abrazo.
Estuve varias semanas en coma, cuando toqué fondo, empujado por la potencia de esa cascada, conseguí golpear el lecho con la fuerza suficiente como para llegar a la superficie, no obstante, el oxígeno se me había acabado y no sobreviví , al menos clínicamente hablando. La tenacidad de un amigo, que conocía las técnicas de reanimación, me hizo volver a respirar. Mi cuerpo estaba vivo, pero no mi mente... me tiré tres semanas inmerso en el sueño de los muertos, tres semanas que nunca debieron interrumpirse.

Los días de rehabilitación pasaron volando, pasé en poco tiempo de no poder vocalizar ni moverme con la fluidez que mi juventud me permitía a poder levantarme para ir al baño, fueron días confusos, dónde me sentía incapaz de asimilar todos los estímulos que me llegaban. Lo que explicaré ahora es difícil de entender, nunca tuve una sensación parecida. En un primer momento, la achaqué a lo inusual de mi estado, pero muy en el fondo sabía a ciencia cierta, que algo no iba bien. No me considero un chiflado y tampoco creo que tenga algún tipo de brote psicótico, pero no tengo ni la más remota idea de lo que me pasaba. Imaginad, por un instante, ser capaces de ser un receptáculo andante, que tú, como satélite, seas capaz de captar y sintonizar todas las emociones de las personas, todas sus preocupaciones y vivirlas como propias, con todo lo que ello conlleva. Con solo un cruce de miradas, todas tus preocupaciones, miedos y desvelos automáticamente los asimilo como propios, sin ser capaz de controlar el torrente de esas energías negativas. No es ni si quiera necesario establecer un contacto visual directo, con que mis ojos pasaran por encima de una imagen humana, se iniciaba la invasión. Con el paso del tiempo, la cosa no se quedó ahí, todo fue a más, siendo capaz de conectar con tan solo escuchar las voces de la gente.
Imaginaos, sin salir de mi casa, las voces que a priori suenan felices penetran en mí  como lo que son, voces de gente triste e inmersa en preocupaciones, y eso solo con los ecos de la gente que se filtran por las paredes. Si pongo la televisión, internet, cualquier cosa, automáticamente me veo inmerso en un oleaje incontrolable. No puedo vivir así, he ido psiquiatras, que me mantenían a base de fármacos, anulado como persona. Estoy en una profunda depresión, autocondenado al ostracismo. Todos los días son iguales, me levanto de la cama, con la sensación de que el pecho se me encoje, las piernas y brazos me pesan, mi cuerpo, adherido a las sábanas, es incapaz de despegarse, el día no es para mí, solo puedo respirar algo de aire fresco algunas noches, de madrugada.


Mi cuerpo se oxida, mi alma se marchita, mis manos no se mueven salvo para huir del mundo que me rodea, mis pies, no caminan, me debilito, me deshago... no puedo soportar morir a este ritmo, no puedo seguir causándole este disgusto a mi madre... no puedo soportarlo más...