Siempre he pensado que el suicidio es la salida de los
cobardes, cobardes incapaces de afrontar sus miedos, inseguridades o problemas
y que optan por largarse por la vía rápida, no obstante me veo en la tesitura
de acallar mis prematuras afirmaciones y argumentar en esta carta las razones
que me han llevado a ponerle fin a mi existencia.
Todo comenzó un día de verano. Mis amigos y yo decidimos
coger las bicicletas e ir a pegarnos un baño en un río próximo. Tras una ruta
de una media hora, pues era un día de poniente y no era cuestión forzar una
insolación, nos apeamos a una parte del río que nos brindaba cierto espacio
para esparcir las toallas, no era muy plano, pero para lo que buscábamos
servía. Además, ofrecía una especie de desnivel en la parte superior, de tal
manera que producía un efecto de cascada que daba un aire más agradable al
sitio, acentuado por el relajante sonido producido por el agua que caía.
El agua del río estaba congelada, muy para nuestro regocijo,
pues era algo que buscábamos, lejos del
sofocante calor del levante, que nos tenía casi todos los días enclaustrados en
casa por la mañana y nos impedía disfrutar del sol y la mañana. A mi
particularmente me venía bien, pues casi todo mi verano había consistido en
interminables horas delante de la pantalla, perdiéndome en páginas insulsas de
internet o rejugando una y otra vez los juegos que me había pasado tantas
veces.
No nos fijamos de la apabullante velocidad con la que
pasaban las horas, y poco quedaba para que volviéramos a casa, pese a que los
días eran largos por el verano, no era cuestión de apostar nuestras vidas en el
camino de vuelta, pues debíamos pasar un trecho de bosque y ninguno tenía nada
para alumbrar el camino, mientras recogíamos las toallas y terminábamos de
secarnos, una idea rondó por mi cabeza... Desde luego, aquella cascada a lo
lejos no era nada del otro mundo, no obstante a mi me tenía absorto, algo había
en ella que me instaba a acercarme y examinarla más a fondo...
Ojalá hubiera desechado
ese pensamiento, pues aquella apresurada decisión se convertiría en el imán que
atraería la tragedia a mi vida. Como decía, impulsivamente y sin avisar a mis
amigos, me lancé al agua, ellos me gritaban que volviera, que estaba loco, que
se hacía tarde, pero nada doblegaba mi ánimo, yo nadé y nadé, hasta dirigirme
hacia aquel salto de agua. Mientras recorría aquellos metros, la corriente se
hacía cada vez más fuerte, tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para
llegar a mi destino. Llegué, vaya que si llegué, pero lo que pasó después se
escapó a mi lógica. Con una increíble fuerza, algo me empujó hacia el fondo, de
manera fútil y desesperada intenté volver a la superficie, pero todo fue
inútil... una bruma y una negrura absoluta se apoderó de mi...
Pero el corazón siguió bombeando, el frenesí rítmico que
amenazaba con ser el pistoletazo final de mi vida cesó para dejar paso a una
percusión débil, pausada, pero constante, acompañada por unos pitidos que
emanaban del monitor cardiaco. La muerte no se me había llevado. Desperté en
una sala de hospital, completamente tendido en la cama. A mi lado estaba mi madre, leyendo una
especie de revista, pero con un halo de tristeza que yo notaba como propia.
Llamé su atención y la tristeza se tornó en alivio y el alivio en lágrimas, a
día de hoy estoy seguro de que de nuestros ojos brotaron las lágrimas a la vez,
jamás había pensado que la armonía podía conjugarse de manera tan perfecta, el
vínculo entre madre e hijo se materializó en un líquido elemento que emanaba de
las comisuras de nuestros globos oculares y que desembocó en un caluroso
abrazo.
Estuve varias semanas en coma, cuando toqué fondo, empujado
por la potencia de esa cascada, conseguí golpear el lecho con la fuerza
suficiente como para llegar a la superficie, no obstante, el oxígeno se me
había acabado y no sobreviví , al menos clínicamente hablando. La tenacidad de
un amigo, que conocía las técnicas de reanimación, me hizo volver a respirar.
Mi cuerpo estaba vivo, pero no mi mente... me tiré tres semanas inmerso en el
sueño de los muertos, tres semanas que nunca debieron interrumpirse.
Los días de rehabilitación pasaron volando, pasé en poco
tiempo de no poder vocalizar ni moverme con la fluidez que mi juventud me
permitía a poder levantarme para ir al baño, fueron días confusos, dónde me
sentía incapaz de asimilar todos los estímulos que me llegaban. Lo que
explicaré ahora es difícil de entender, nunca tuve una sensación parecida. En
un primer momento, la achaqué a lo inusual de mi estado, pero muy en el fondo
sabía a ciencia cierta, que algo no iba bien. No me considero un chiflado y
tampoco creo que tenga algún tipo de brote psicótico, pero no tengo ni la más
remota idea de lo que me pasaba. Imaginad, por un instante, ser capaces de ser
un receptáculo andante, que tú, como satélite, seas capaz de captar y
sintonizar todas las emociones de las personas, todas sus preocupaciones y
vivirlas como propias, con todo lo que ello conlleva. Con solo un cruce de
miradas, todas tus preocupaciones, miedos y desvelos automáticamente los
asimilo como propios, sin ser capaz de controlar el torrente de esas energías
negativas. No es ni si quiera necesario establecer un contacto visual directo,
con que mis ojos pasaran por encima de una imagen humana, se iniciaba la
invasión. Con el paso del tiempo, la cosa no se quedó ahí, todo fue a más,
siendo capaz de conectar con tan solo escuchar las voces de la gente.
Imaginaos, sin salir de mi casa, las voces que a priori
suenan felices penetran en mí como lo
que son, voces de gente triste e inmersa en preocupaciones, y eso solo con los
ecos de la gente que se filtran por las paredes. Si pongo la televisión,
internet, cualquier cosa, automáticamente me veo inmerso en un oleaje
incontrolable. No puedo vivir así, he ido psiquiatras, que me mantenían a base
de fármacos, anulado como persona. Estoy en una profunda depresión, autocondenado
al ostracismo. Todos los días son iguales, me levanto de la cama, con la
sensación de que el pecho se me encoje, las piernas y brazos me pesan, mi cuerpo,
adherido a las sábanas, es incapaz de despegarse, el día no es para mí, solo
puedo respirar algo de aire fresco algunas noches, de madrugada.
Mi cuerpo se oxida, mi alma se marchita, mis manos no se
mueven salvo para huir del mundo que me rodea, mis pies, no caminan, me
debilito, me deshago... no puedo soportar morir a este ritmo, no puedo seguir
causándole este disgusto a mi madre... no puedo soportarlo más...